20 de marzo de 2013

Biografía de un perdido

Era de día, 3 de enero de 2013, el muchacho se dejaba llevar por la música mientras dejaba pasar las últimas horas de calma hasta tener que correr hacia el trabajo, aquel que no era el mejor, pero por lo menos lo ayudaba a salir del paso. La música de fondo lo hacía feliz; ocurrentemente, hablaban de la felicidad. La soledad lo acompañaba minuto a minuto, paso a paso, y eso lo hacía feliz e infeliz, claro está que depende del día, de cómo se sintiera. Por lo general estos días calurosos con olor a encierro no le gustaban mucho, prefería, ocasionalmente la lluvia. Es todo lo que parece que no podría ser cada vez que se imaginaba algo, deliraba. Constantemente su latir llevaba el ritmo de una canción o de alguno de sus delirios, que todavía no eran música, ni eran imágenes, ni eran palabras, eran eso: delirios.
Se agarra la cabeza cada vez que algo no le cierra, es un tipo raro. Cuando se sienta a esribir, no sabe por donde empezar, hasta que pum, se cae una idea, mala, a veces las modifica, a veces sigue el curso mismo del río que lo lleva al interminable cauce de la vida. Por las noches es cuando mejor escribe, porque el sol atosiga a sus neuronas, casi que no lo dejan pensar. Sus muñecas rechinan, ya había perdido la costumbre, y la gracia para esto. A pesar de todo, se sigue animando a romper con sus limitaciones, las aborrece, quiere destruirlas pero no sabe cómo. Usualmente no sabe el cómo de las cosas, otra limitación.
Su falta de memoria hacía que escribir a veces se vuelva penoso, ya que no recordaba que palabras sonaban mejor con sus palabras, le gustaba ser sonoro, se sentía un músico de la escritura... definitivamente deliraba. Pero es así, no se valoró nunca, ni siquiera cuando hizó las mejores cosas de su vida, cuando más se rasgó las vestiduras por sobrevivir en la jungla de la desidia. Es lógico, entonces, que siempre haya deseado cambiar, y que, por momentos, pierda la línea (no la línea social, sino su línea) y se sienta a la deriva. Yo lo entiendo.
Personalmente, no conozco mucho a este tipo, le encanta que le hablen al oído, sobre todo porque cuando le hablan de lejos no presta mucha atención (siempre que pase una mosca por adelante de su cara la va a seguir cual perro que quiere atraparla con sus dientes), pero también porque le gusta acercarse a la gente, sentirla con la piel si es necesario. Los abrazos lo paralizan, más cuando lo agarran desprevisto, y siempre valoró las palabras. Palabras y silencios, los ama: sabe que si se intercalan bien son el arma perfecta para el amor, o para el odio, o para la indiferencia, o para otros males que tiene el ser humano.
De vez en cuando, cada tanto, le gusta caminar desenchufado del universo, sin que nadie lo moleste, porque se encuentra con si mismo; aunque no lo hace a menudo. Todos creen que se ama más que a nada en el mundo, pero evidentemente, los que opinan eso no saben quién es. Si el espejo le devuelve una imagen que no le gusta, se acerca a él y le de las gracias, si se siente bien consigo mismo (que no es lo mismo que amarse) no se mira al espejo. Si quiere mucho a alguien se lo dice, es raro, no espera las palabras ajenas para dar las suyas. Y le duele mucho el sentir la indiferencia de los que quieren.
Pero este sujeto no es un mar de rosas, tiene su lado malo, cada vez más desarrollado, nadie sabe por qué. A veces me cae mal, lo mataría, lástima que si lo mato su carne solo me serviría para unos 20 o 30 minutos de comida, y si tengo hambre, no creo que dure más de 8 o 9 minutos. Tiene tendencia a olvidarse de las personas, no porque no las valore sino porque el se suele olvidar de si mismo, su cabeza está acá su cuerpo más allá, es así. También posee un irrefrenable ermitañismo cuando algo no le cierra, entonces cierra su ojos, sus orejas, sus ojos, apreta sus piernas contra el pecho, las abraza y se queda ahí durante horas, duro como las rocas de la escollera donde le gusta contemplar el mar en verano y de noche.
Ya llegaba la hora de ir a trabajar, y cada vez sus ganas de proceder eran menores por lo que los bostezos se hacían incesantes, el sueño en su cara cada vez mayor y los quejidos... eternos. Era la hora y dejaba de escribir las buenas palabras para empezar a insultar, y a preguntarse el por qué más existencialista: ¿por qué a mí?
Es así, es un tipo distinto, igual a todos. Su vida consiste en vivir y nada más, si total... ¿qué otra cosa puede importar más que la vida misma?
Ya lo dijeron, ¿no? Vivir sólo cuesta vida.