16 de febrero de 2011

La risa del peón

-En cuanto a tu falta de interés no tengo mucho para decir, solo sé que de ahora en más va a ser difícil la relación.- dijo ago preocupado.
-Por mí no tengo problema, sabés que yo solo estoy aquí con un propósito; solamente quiero el trabajo, yo cumplo, y a fin de mes vos debés cumplir.- respondió en tono tranquilo.
-Probablemente tengas razón, así que vuelve a lo tuyo y no te quiero ver metido en esta sala hasta que se termine el mes, ¿entendido?
No hubo respuesta del otro lado, ya que él se había retirando antes de que el patrón hiciera la pregunta. Por lo que así volvió a su casa y se sentó en la mesa de la cocina, esperó hasta que el agua hirvió; segundos después apareció su mujer, con quien había jurado no separarse jamás, pero tampoco habrían de casarse. Fue él esta vez quién sebó los mates, ya que sabía que ella iba a tener una noche agotadora en su trabajo, puesto que era sábado, y los salones de comida se llenan los fines de semana, claro esta. Hasta el tercer mate no se dirigieron palabra, ella todavía tenía los ojos pegados, prácticamente y él no paraba de reflexionar acerca de lo acaecido en el trabajo, lo que había sucedido previo a esa discusión. Fue entonces cuando ella rompió el silencio, se limitó a decir:
-Veo que no te ha ido muy bien en el trabajo, ¿pasó algo en especial?
No hubo respuesta del otro lado, solía ser un hombre de pocas palabras, y sabía no malgastarlas. Era tan preciso en cada palabra que digamos que si fuese un lanzador de cuchillas cirquense dejaría las ropas del "blanco" cortadas, pero la piel intacta. Esto quizás se debía a que su padre siempre le enseño a ser una persona concisa, que vaya al grano, transparente. Ella comprendió que se trataba de algo muy importante, porque el solo lo hablaría cuando estuviese solucionado, no era especulador, y su mujer conocía muy bien sus mañas.
Eran cerca de las tres de la tarde, faltaba mucho para que la bella señora se vaya a trabajar, decidió cocinar algo liviano, pues, cuando ella se fuera la siesta sería inminente. Durante los preparativos, él se le acerco por la espalda, la abrazó fuertemente por la cintura, suspiró en su oído tan suavemente que el aleteo de un pájaro que se había metido por la ventana se sentía más cercano. Luego tomo su mano y la apoyo sobre su robusta cara, pinchuda porque se había afeitado el día anterior y ya tenía bastante barba de nuevo. Lentamente la giro y le entregó un beso tan apasionado como si fuese caído de un sexto, o séptimo piso directo a su boca; fue cuestión de segundos para que ella estuviese montada en la mesada ya sin su ropa, y el estuviese lamiendo cada parte de su cuerpo. Por la pasión que acarreaba ella sabía que había discutido, por lo que lo del trabajo era serio, se limitó a gozar y a sentir el placer recorrer su cuerpo. Para cuando el fuego creció todo empezó a alborotarse, sus gemidos parecían rugidos de un león hambriento que no veía una presa hacía mucho tiempo. Ella parecía cantar como una sirena en aquella danza de lujuria.
Ni bien ella se fue a trabajar, el se echó a dormir, sentía que una gran parte del él volvía a pertenecerle. Pero seguíase sintiendo atontado por aquel suceso. Y fue entonces cuando recordó el papel que vino desde la otra sala hasta la suya, y se echó a reír como un desquiciado; si alguién hubiese estado a su lado habría tratado de huir lo más rápido posible. Fue entonces cuando la habitación se torno oscura, su risa más grave, y su cuerpo tomaba una tonalidad más viva. Todo su ser parecía endemoniado, pero no era esa la palabra exacta para describirlo. Se calmó y empezó a sollozar mientras terminaba de reír. Decidió levantarse, cocinarse algo, y dormirse temprano, iba a tener que recoger a su esposa a eso de las cuatro treinta o las cinco, dependiendo de la cantidad de gente que hubiera.
A la mañana siguiente fue al trabajo, tomó su puesto, encendió la máquina que operaba y comenzó a trabajar. De un momento a otro se escuchó una voz:
-No quiero volver a verte por esta sala.
Y sentía haber escuchado ese tono de voz en otro momento, claro está que era su jefe, pero esta vez no le hablaba a él sino a otro peón. Algo dentro suyo hizo que volviese a cometer el "error" del día anterior. Tomó el arma que estaba debajo de la máquina, se acercó a la oficina, y esta vez dio en el blanco.