3 de enero de 2010

Amanecer

El día estaba tibio, la luna en su cuarto creciente alumbraba aquella hermosa noche. Caminaron sin cesar hasta alcanzar un buen sitio donde contemplar uno de los eventos más hermosos, cuando cansancio y despertar se juntan. Nadie estaba lo suficientemente sano como para contemplar ese momento en plenitud, pero se tenían fe, confiaban en si mismos, creían poder lograrlo. Algo anunciaba su llegada, un candor especial en el horizonte, la ansiedad aumentaba. Aquel pequeño brillo los ponía alegres, como si fuese la cosecha de una larga noche de siembra. Nada podría arruinar aquel momento, para ellos.
Nada estaba mal, eso parecía. Alguien, alejado de aquel pequeño grupo, decidió sentarse sobre unas rocas más frescas para contemplar aquél momento tan... ¿bello?. De por momentos se sentía una brisa fresca sobre su piel, los vellos se le erizaban. Pero algo pasaba por allí, no era aire fresco, era una sensación, a olvido, abandono, una desolación profunda en la que se le sumergía el alma. Un alma recorría aquél sitio de forma provocativa para él, pero a la vez se amigaba y se juntaba a su soledad para contemplar aquél luminoso momento.
Febo asomaba lentamente, sin apuros mostraba sus primeros rayos de calor, y ese grupo de amigos lo disfrutaba. Su candente salida iba limpiando las penas del solitario hombre, que poco a poco se fue alejando hasta adentrarse en las cálidas aguas matutinas para refrescarse. "El agua limpia las almas" pensaba una y otra vez, y así disfrutaba más y más aquella sumergida en la mar.

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